¿Cómo es vivir mil vidas?

MIL VIDAS


¿Se abrumarían si les cuento que me he enamorado tantas veces que no puedo enumerarlas, o, por el contrario, que he enterrado tantos amigos que me harían falta dos cementerios enteros para ubicar todas sus tumbas? 

Tenía seis años cuando enterré a mi primera amiga. Su historia era La Sirenita, murió por el caprichoso deseo de Hans Christian Andersen, lo cual representaba una completa contradicción en mi cabeza, pues su asesino era también su padre, su creador, su autor… No conforme con romperle el corazón, la destinó a ser por siempre espuma de mar.

Años me tomó entender que la relación del lector con los personajes nunca será la misma que construye el autor con ellos, con sus hijos, con su creación. De niño, cada libro me llevaba de visita a un nuevo lugar, me introducía a una nueva aventura y de paso me presentaba a mis nuevos amigos, quienes al igual que una montaña rusa me subían lentamente a un éxtasis de alegría para luego bajarme a la amargura con un golpe seco en la cara. 

La mayoría de estas aventuras representaron viajes muy cortos, no durábamos mucho tiempo juntos y con cada final de cuento volvía a mi viejo escritorio jurando recordar para siempre sus nombres, sus países, sus legados, sus travesías, prometiéndoles personalmente jamás olvidarlos.

Con los años los viajes y los personajes cambiaron, pero mi alma de lector se mantuvo inmortal a pesar de que el tiempo ya empezaba a dejar meya en mi propia vida. Sin embargo, nunca he tenido ni una pisca de duda para emprender un viaje hacia la isla del tesoro, y jamás he rechazado una invitación a Macondo para cenar gustosamente en la mesa de la familia Buendía.

Y así, sin esperarlo, me di cuenta de que llevaba años viviendo mil vidas. Había nacido cientos de veces, en diferentes países, con diferentes nombres… Y mejor aún, pocas veces en la misma época. Y no es que encontrara la fórmula para crear una máquina del tiempo, sino que, por el contrario, encontré la forma de renacer eternamente entre las letras.

De niño jugué con Calvin y Hobbes y me enfrenté a inclementes batallas contra el brócoli. Otros días, me atraganté de dulces y caramelos emocionado de ver como a uno de mis mejores amigos, el siempre amable Charlie Bucket, un anciano excéntrico le heredaba su fábrica de chocolates.

Ya con la adolescencia, el tiempo para jugar se hizo más escaso pues debía asistir a múltiples institutos académicos. Y no por mal estudiante, no me malentiendan, pero tuve la necesidad de ir a varias escuelas al mismo tiempo. Estuve en Hogwarts compitiendo el primer lugar con Hermione Granger, también asistía junto con el buen Percy Jackson al campamento Media-Sangre para mis lecciones de semi dios y entre recesos trataba de salvar mi vida en los juegos del hambre.

¿Pero creen que todo se detuvo ahí?

Con los libros aprendí a cazar hombres lobos, entendí que no hay peor monstruo que el cargamos nosotros mismos, ¿No es así Doctor Jekyll? También fui invitado a los bacanales del joven Dorian Gray, divertidos al principio, pero excesivamente hormonales con el paso de la noche.

Y ya que menciono a la noche sepan que a mis 18 años cacé mi primer vampiro, era un conde según recuerdo… Pero después las temáticas se empalagaron y a mis 19 años me encontraba tratando de convencer a la pálida Bella Swan de abandonar al insulso vampiro millonario que la cortejaba en su colegio.

Luego la madurez me tomó por sorpresa y con ella el pesimismo de la adultez. Padecí distopías y entre arengas me enfrenté al “Ministerio del Amor”, también aprendí que los libros se queman a 451 grados Fahrenheit (°F), y que, si al nacer no me designan como un ALFA jamás tendré un mundo feliz

Conforme seguía viviendo mil vidas empecé a tratar de comportarme mejor en ellas, pues un viejo y dantesco conocido hablaba de nueve círculos infernales y no me interesaba terminar en ninguno de ellos. Parte de corregir mi conducta me llevó a alejarme de antiguas amistades, y así dejé de hablar con Allan Poe, un pesado compañero de colegio quien tenía una macabra idea sobre donde ocultar gatos negros. Lo mismo decidí hacer con Nabokov y su poco sana obsesión con las menores de edad, o con King y su desacerbado gusto con los payasos.

De quien más me dolió tomar distancia fue de la amable y carismática Agatha Christie, pero estaba cansado de encontrar “por pura coincidencia” un sin número crímenes y asesinatos a su paso. Y así fue con muchos, enterraba amigos, conocidos, me enamoraba en cinco páginas, me desenamoraba en dos, y en el peor de los casos, terminaba hablando solo, igual que Hamlet, un insufrible príncipe europeo que me presentó mi amigo Shakespeare.

Sin embargo, siento como deber aclararles que las amistades más extrañas suelen ser las que más nos atraen, así que de vez en vez tomo un caballo a Comala, un barco a Amaurota, un globo a la Ciudad Esmeralda o hasta un carruaje para llegar a Camelot.

De aquí que mi biblioteca ha sido siempre mi mejor agencia de viajes. Un destino seguro a otras voces, a otras vidas. Pues gracias a las letras y a los libros he ido a inimaginables lugares que no se encuentran en los mapas, he besado a los seres más hermosos del mundo, he librado las más feroces batallas, he ido a las mejores fiestas y he forjado recuerdos eternos.

Hoy más que nunca doy valor a las palabras de George R. R. Martin, el autor de la aclamada saga Canción de hielo y fuego, quien en una rueda de prensa les aseguró a sus seguidores que “un lector vive mil vidas antes de morir. Pero aquel que nunca lee vive solo una”.


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