¿Cómo es vivir mil vidas?
MIL VIDAS
¿Se abrumarían
si les cuento que me he enamorado tantas veces que no puedo enumerarlas, o, por
el contrario, que he enterrado tantos amigos que me harían falta dos
cementerios enteros para ubicar todas sus tumbas?
Años me tomó
entender que la relación del lector con los personajes nunca será la misma que construye
el autor con ellos, con sus hijos, con su creación. De niño, cada libro me
llevaba de visita a un nuevo lugar, me introducía a una nueva aventura y de
paso me presentaba a mis nuevos amigos, quienes al igual que una montaña rusa me
subían lentamente a un éxtasis de alegría para luego bajarme a la amargura con
un golpe seco en la cara.
La mayoría de
estas aventuras representaron viajes muy cortos, no durábamos mucho tiempo
juntos y con cada final de cuento volvía a mi viejo escritorio jurando recordar
para siempre sus nombres, sus países, sus legados, sus travesías, prometiéndoles
personalmente jamás olvidarlos.
Con los años los
viajes y los personajes cambiaron, pero mi alma de lector se mantuvo inmortal a
pesar de que el tiempo ya empezaba a dejar meya en mi propia vida. Sin embargo,
nunca he tenido ni una pisca de duda para emprender un viaje hacia la isla del tesoro, y jamás he rechazado una invitación a Macondo para cenar gustosamente
en la mesa de la familia Buendía.
Y así, sin
esperarlo, me di cuenta de que llevaba años viviendo mil vidas. Había nacido
cientos de veces, en diferentes países, con diferentes nombres… Y mejor aún,
pocas veces en la misma época. Y no es que encontrara la fórmula para crear una
máquina del tiempo, sino que, por el contrario, encontré la forma de renacer
eternamente entre las letras.
De niño jugué con Calvin y Hobbes y me enfrenté a inclementes batallas contra el brócoli. Otros días, me atraganté de dulces y caramelos emocionado de ver como a uno de mis mejores amigos, el siempre amable Charlie Bucket, un anciano excéntrico le heredaba su fábrica de chocolates.
Ya con la
adolescencia, el tiempo para jugar se hizo más escaso pues debía asistir a múltiples
institutos académicos. Y no por mal estudiante, no me malentiendan, pero tuve
la necesidad de ir a varias escuelas al mismo tiempo. Estuve en Hogwarts
compitiendo el primer lugar con Hermione Granger, también asistía junto con el
buen Percy Jackson al campamento Media-Sangre para mis lecciones de semi dios y
entre recesos trataba de salvar mi vida en los juegos del hambre.
¿Pero creen que todo se detuvo ahí?
Con los libros
aprendí a cazar hombres lobos, entendí que no hay peor monstruo que el cargamos
nosotros mismos, ¿No es así Doctor Jekyll? También fui invitado a los bacanales
del joven Dorian Gray, divertidos al principio, pero excesivamente hormonales
con el paso de la noche.
Y ya que
menciono a la noche sepan que a mis 18 años cacé mi primer vampiro, era un
conde según recuerdo… Pero después las temáticas se empalagaron y a mis 19 años
me encontraba tratando de convencer a la pálida Bella Swan de abandonar al
insulso vampiro millonario que la cortejaba en su colegio.
Luego la
madurez me tomó por sorpresa y con ella el pesimismo de la adultez. Padecí
distopías y entre arengas me enfrenté al “Ministerio del Amor”, también aprendí
que los libros se queman a 451 grados Fahrenheit (°F), y que, si al nacer no me
designan como un ALFA jamás tendré un mundo feliz.
Conforme
seguía viviendo mil vidas empecé a tratar de comportarme mejor en ellas, pues
un viejo y dantesco conocido hablaba de nueve círculos infernales y no me
interesaba terminar en ninguno de ellos. Parte de corregir mi conducta me llevó
a alejarme de antiguas amistades, y así dejé de hablar con Allan Poe, un pesado
compañero de colegio quien tenía una macabra idea sobre donde ocultar gatos
negros. Lo mismo decidí hacer con Nabokov y su poco sana obsesión con las
menores de edad, o con King y su desacerbado gusto con los payasos.
De quien más
me dolió tomar distancia fue de la amable y carismática Agatha Christie, pero
estaba cansado de encontrar “por pura coincidencia” un sin número crímenes y
asesinatos a su paso. Y así fue con muchos, enterraba amigos, conocidos, me enamoraba
en cinco páginas, me desenamoraba en dos, y en el peor de los casos, terminaba
hablando solo, igual que Hamlet, un insufrible príncipe europeo que me presentó
mi amigo Shakespeare.
Sin embargo,
siento como deber aclararles que las amistades más extrañas suelen ser las que
más nos atraen, así que de vez en vez tomo un caballo a Comala, un barco
a Amaurota, un globo a la Ciudad Esmeralda o hasta un carruaje
para llegar a Camelot.
De aquí que mi
biblioteca ha sido siempre mi mejor agencia de viajes. Un destino seguro a
otras voces, a otras vidas. Pues gracias a las letras y a los libros he ido a inimaginables
lugares que no se encuentran en los mapas, he besado a los seres más hermosos
del mundo, he librado las más feroces batallas, he ido a las mejores fiestas y
he forjado recuerdos eternos.
Hoy más que nunca doy valor a las palabras de George R. R. Martin, el
autor de la aclamada saga Canción de hielo y fuego, quien en una rueda de
prensa les aseguró a sus seguidores que “un lector vive mil vidas antes de
morir. Pero aquel que nunca lee vive solo una”.




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